The Water

“Water, water everywhere, nor any drop to drink.”

And so it was at the end of October 1998. Hurricane Mitch stormed in with a vengeance, wrecking the nation of Honduras and leaving over 6,000 dead, over 9,000 unaccounted for, and over 300,000 displaced. There was water everywhere, flooding streets and homes and hearts with sorrow. To this day, I’ll never forget being one of an entire nation watching footage of a journalist trapped in a building, surrounded by raging floods, begging and signaling with a flashlight for help, only to be overtaken by the undrinkable waters of destruction. He was one of many whose lives were snuffed out by the unquenchable floods.

I still remember going to Maria Jose’s home to help dig out whatever belongings of hers we could after the Rio Choluteca rose within 18 inches of her ceiling, receded, and left three feet of mud behind as a thank you. We walked in mud so thick even grown men couldn’t keep their balance, mud so vile the snakes felt at home, mud so concealing the authorities struggled in their search for cadavers all around us. I stood in Maria Jose’s room, digging out teddy bears and furniture, thanking God my home was safe and wrestling with Him as I struggled to find a reason why hers was not.

Yet still, we kept digging. We kept searching. We kept hoping. Because when you’re surrounded by death, sometimes LIFE compels you to dig through the mud and wade through the flood to find a piece of home, to find a piece of normalcy from the time before the flood waters burst in without knocking and left disaster in their wake.

It was because of water that we met Josue. He lived near the top of one of the already saturated mountains that caved from the weight of the rains that drenched the nation. I still see him there in my mind’s eye, straddling his bike on the edge of the fallen mountain, just two feet from the front door to the one-room white house he called his home. We stopped and talked awhile, hearing his story and bringing him clean water to drink and beans to eat, feeling helpless all the while, not knowing how to help him more.

You might say he was one of the lucky ones. He was alive. Hundreds had died in the collapse of that very mountain, yet that collapse stopped just before his front door. And he was still smiling and laughing as he talked to us, despite how close to home everything had come. I marveled at his bravery and balance there on a flimsy bike on a flimsy threshold, stretching my flimsy faith. I guess when you’ve seen entire mountains collapse before your eyes, a little standing near the edge can’t scare you. That house, that bike, that tiny little threshold – and yes, even the fallen pieces below – they all belonged to him and were part of his story, and he was still around to tell it.

We hear much about courage, of bravery and going for it and living dangerously. So we write mottos and get tattoos and post to Facebook about ways we’re being brave and working through our messes and living on the edge…then life hits us. Hard. And suddenly that bravery seems more like foolishness when compared to the muck and mountains of our lives. We wrestle with God and still, even after He gives us our limp, wander in the desert, thirsty, depleted, seeking home.

But what if it’s time we start digging? What if there’s something hidden in that muck that He means us to find to remind us of Home, of His heart for us in the wake of the storm? What if what looks like a collapsed mountain is really just Him blazing a new path for us, clearing away obstacles we mistook for gifts, and daring us to ride anyway, to reconcile it all anyway, to tell our story anyway? What if He wants us to remember that mountains can shake and crumble into the waters that might rise and destroy everything we know, but He will always be our home? What if the waters that were meant for evil actually bring us to our knees and to the Living Water who will quench our thirst and bring us back to life again?

Whatever this means for you, start here. Start today. Start now. Start moving forward, a step at a time or a leap at a time. Even if it’s messy. Even if it’s scary or feels like you’re constantly near the edge, constantly about to fall. Start digging up those things that were buried. Drink of the water that never runs dry, and thirst no more.

And LIVE again.

En español: El Agua

Agua, agua por doquier, y ni una gota para tomar.

Así fue al final de octubre en el año 1998. El huracán Mitch llegó lleno de venganza, derrumbando la nación de Honduras y dejando más que 6.000 muertos, más que 9.000 perdidos, y más que 300.000 sin hogar. Había agua, agua en todas partes, inundando calles y hogares y corazones con tristeza. Hasta este día recuerdo el día cuando el periodista capitalino murió después de haber estado atrapado en su casa, rogando con palabras y destellos de la luz de su foco, pidiendo auxilio, desesperado por su vida. Fue uno de miles de los que perdieron sus vidas por la destrucción de las aguas insaciables.

Todavía recuerdo el día cuando nos fuimos a la casa de María José para ayudarla con sus esfuerzos para sacar cualquier cosa posible de su casa después de que el Río Choluteca se elevó a medio metro de llegar a su techo, bajó, y dejó casi un metro de lodo en la casa como regalo de gracias. Caminamos en lodo tan denso que aún los hombres fuertes perdieron su equilibrio, lodo tan vil que las serpientes se sentían en casa, lodo tan tupido que las autoridades tuvieron que luchar en su búsqueda de cadáveres alrededor. Yo estuve parada en el dormitorio de María José, excavando sus ositos de peluche y muebles, dándole gracias a Dios porque mi casa estaba bien, al mismo tiempo luchando con él porque no entendía la razón para que su casa había sido destruida.

Aun así, seguimos excavando. Seguimos buscando. Seguimos manteniendo la esperanza. Porque cuando estás rodeado con la muerte, a veces la VIDA te empuja a seguir excavando en el lodo y seguir caminando en la inundación para hallar un pedacito del hogar, para encontrar un fragmento de la normalidad del tiempo antes de cuando las aguas invadieron sin tocar la puerta y dejaron desastre al salir.

Fue por causa del agua que nosotros conocimos a Josué. Él vivía cerca de la cumbre de una de las montañas ya empapadas que se derrumbaron por el peso de las aguas que saturaron la nación. Puedo verlo ahora en mi mente, sentado a horcajadas sobre su bicicleta al extremo del monte caído, ni siquiera a 50 centímetros de la puerta de la casita blanca que fue su hogar. Nosotros nos paramos para hablarle un rato, escuchando su historia y trayéndole agua para tomar y frijoles para comer, sintiendo mi incapacidad, deseado saber cómo poder ayudarlo más.

Se puede decir tal vez que Josué era uno de los suertudos. Estaba vivo. Cienes habían muerto en la caída de esa montaña, pero la caída se detuvo justamente en frente de su puerta. Y aun así sonreía y se reía mientras nos hablaba, a pesar de estar tan cerca de la destrucción. Me maravillé de su valor y equilibrio allí en ésa bicicleta ligera en un umbral ligero, probando mi fe endeble. Me parece que cuando has visto montañas enteras caer ante tus ojos, el acto de parar cerca del precipicio no te da miedo. Aquella casa, aquella bicicleta, aquel umbral – y sí, aún los pedazos caídos por debajo – todos le pertenecían a él, eran parte de su historia, y él todavía estaba allí para contarla.

Escuchamos mucho sobre el coraje, sobre el valor y dándole ganas y viviendo peligrosamente. Escribimos lemas, conseguimos tatuaje, compartimos en Facebook las maneras en que hemos sido valientes, trabajando dentro de nuestros relajos y viviendo cerca del precipicio de nuestras vidas…Y la vida nos da un golpe bajo. Fuerte. Y de repente, aquel valor nos parece más como necedad comparado al caos y las montañas de nuestras vidas. Batallamos con Dios y aun así, después de habernos dejado cojos, vagamos en el desierto con sed, perdidos, agotados, buscando nuestro hogar.

Pero ¿qué tal si es tiempo de cavar? ¿Qué tal si hay algo escondido en el lodo algo que Dios quiere que encontramos para recordarnos de nuestro Hogar y de Su amor por nosotros después de la tormenta? ¿Qué tal si lo que se parece un monte derrumbado es en realidad nuestro Dios creando un nuevo camino para nosotros, sacando los obstáculos que en nuestro error pensamos que eran regalos, y echándonos las porras que necesitamos para montar nuestra bicicleta de todos modos, para reconciliar lo malo de todos modos, para contar nuestras historias de todos modos? ¿Qué tal si Él quiere que recordamos que las montañas se pueden temblar y caerse en las aguas que tal vez se eleven para destruir todo lo que conocemos, pero Él siempre será nuestro hogar? ¿Qué tal si las aguas que el enemigo pensó por nuestro mal hacen lo reverso y nos traen a nuestras rodillas y al Agua Viva quien saciará nuestra sed y nos traerá de nuevo a la vida?

Lo que sea que todo esto significa para ti, empieza aquí. Empieza hoy. Empieza ahora. Empieza a mover adelante, un paso a la vez o un salto a la vez. Aún si es un desorden. Aún si te da miedo o si sientes como que estás siempre cerca del precipicio, siempre a punto de caer. Empieza a excavar para las cosas enterradas. Bebe del agua que nunca se acabará, y ya no tengas sed.

Y VIVE otra vez.